Qué os podría contar del bueno de Dimitri  Shostakovich, aparte de que es considerado por muchos el músico más importante del s. XX. Ahí es nada. Os podría contar que fue un pedazo de torero, y por lo mismo sufrió más de una cogida grave, bastante grave. El toro: un mihura de más de 500 kilos: Stalin y su política de control sobre el panorama cultural y artístico de la Rusia de mediados del siglo pasado: todo lo que se saliera de una música de carácter popular y que ensalzara los valores de la patria era considerado un acto de traición. (Ya sé que he metido en la misma frase tres veces los dos puntos: me debe estar afectando el fenómeno “hoygan”).

 

Así pues, ¿cómo podía un músico en tal ambiente desarrollar un trabajo que no se quedara en la anécdota del momento político-histórico y consiguiera trascender a lo largo de los años hasta llegar a tener el prestigio de este hombre? ¿Y sobre todo, desarrollarse libremente a sí mismo como músico? Pues “con musho arte y con musho arrojo”. O mejor, siendo un auténtico maestro del subtexto, como lo atestiguan sus 7ª y 9ª Sinfonías, un ejemplo de bofetada artística al fascismo, pero como él mismo decía: “a los dos fascismos”. La 7ª no es, como oficialmente se aceptaba, una sinfonía dedicada sólamente al pueblo ruso asediado por las tropas alemanas, resistiendo estoicamente el envite, sino en general a las víctimas que cayeron tanto a manos de Hitler como del propio Stalin. Y la 9ª no es sino una parodia artificiosa y extremadamente espectacular, fuegos artificiales que no ensalzan al poder militar sino que más bien se ríen de él. Una bofetada tras otra aceptada de buen grado por el régimen. Un torero, vamos.

 

Pero no es alegría lo que siente Dimitri, es una terrible tristeza, artística y humana. En dos ocasiones fue acusado de ir en contra de los intereses del régimen (lo que le costó a algún compatriota suyo la deportación e incluso el fusilamiento), le fue retirado temporalmente su sueldo, fue humillado públicamente en el periódico “Pravda”, fueron censuradas algunas de sus mejores obras e incluso tuvo que aguantar que a su hijo en el colegio le obligaran a reconocer que su padre era un traidor.

 

Se sigue discutiendo si su posterior “claudicación” durante los años en que vivió Stalin fue un acto de cobardía o un intento simplemente de subsistir en un entorno tan complicado. Si queréis que os diga mi opinión: un par de cojones. Entre otras cosas porque el resultado de su obra está cargado de dobles intenciones, frustración e ironía a la vez. Y también porque se habla mucho desde fuera, desde lejos, sin sufrir en primera persona los avatares de tal situación, el aguante de tanta estupidez.

 

He estado tentado de utilizar alguna de las fotos de sus últimos años, donde expresa en su mirada una tristeza profunda, resultado de tantos años de resignación, pero he preferido utilizar ésta última, más joven, en la que parece decirnos con la cabeza apoyada en la mano. “¡Qué paciencia, madre mía!”

 

Sin desmerecer a Williams, encontraréis en su serie de quince sinfonías retazos de “Parque Jurásico”, “Indiana Jones” y “La Guerra de las Galaxias” (no en sus temas principales, sino en cortes de música incidental) con gran riqueza rítmica y contrastes tímbricos que hacen muy entretenida su audición.

Casi más interesante es su música de cámara, guardada durante años en su escritorio, por ser impensable su publicación en su momento. Indispensable para cualquier buena tarde de toros.

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