La imagen del compositor como artista que busca con la mirada perdida a su musa y que en un arrebato de inspiración y ofuscado por la febril y perturbadora tarea de encontrar la nota secreta que eleva su composición a las más altas cotas de etérea inefabilidad, deja media vida en ello y sufre los consiguientes y momentáneos trastornos en su personalidad, como si acabara de echar el polvo de su vida, ES FALSA. Ni si quiera en el periodo del romanticismo, de donde puede provenir tal idea, es real. Ni Schubert, que era pura inspiración (de ahí sus más de seiscientos lieder), seguía ese método de TRABAJO. Y me refiero a trabajo, trabajo, como en una oficina, poner ladrillos, ir de puerta en puerta ofreciendo seguros, dar clases, repartir correo, conducir un autobús… EL TRABAJO de toda la vida.

Vale que la música tiene un alto componente de relativa abstracción, al ser, como se sabe y como más o menos decía mi amigo Saqman, ondas sonoras que se transmiten a través del aire con una determinada frecuencia sujetas a leyes matemáticas. Y al no ser algo que veamos o podamos tocar, pero que nos provoca las más diversas reacciones, podemos llegar a relacionarla con la magia. Lo verdaderamente mágico es nuestra interiorización y lo que sentimos o imaginamos a través de ella.

Muchos aficionados a la música hemos pasado por la fase en la que rechazamos a Bach, Mozart, Beethoven… precisamente porque son ellos. Pensamos: “Son grandes músicos, pero no será para tanto… Hay un poco de exageración y mitificación, etc.” Al final, y no por “obligación” o fama, sino por la felicidad que nos provocan, volvemos a ellos. Y es que cuanto más escuchas su trabajo menos envidia o frustración sientes.

Un compositor actual comentaba en una entrevista en la radio que le habían encargado una obra para ser estrenada en el plazo de un año. Él alegaba que era imposible, que no le daba tiempo. Bach tenía una semana para componer, escribir y ensayar cada una de sus cantatas. De domingo a domingo tenía que presentar una nueva para la semana litúrgica que correspondiera.

Murió por la infección provocada por una malograda intervención de cataratas, cuando ya apenas veía. Y es que componer hasta las tantas de la noche a la luz de una vela no puede dejar de pasar factura. No tenía tiempo de mirar a la pared o por la ventana buscando a una musa que le inspirara, y dejarse llevar por la emoción de un descubrimiento que nos hiciera sonreir de asombro a sus futuros oyentes… Además, ni se imaginaba que casi trescientos años después se le iba a seguir escuchando, estudiando, analizando y considerando uno de los pilares en la evolución de la música occidental. Al fin y al cabo, sólo era un artesano.

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