La Música es sonido y el sonido por sí solo no significa nada. Cualquier intento de significar la Música viene tras su asociación con elementos de la vida que puedan recrearse con un patrón rítmico o una línea melódica. En realidad es la Música la que imita a la vida. Y cuando el hombre recrea la vida con el sonido es cuando realmente comienza la Música. La primera Música que oímos es el latido del corazón de nuestra madre. Así, con la aceleración y deceleración de su ritmo cardíaco aprendemos uno de los recursos más básicos, más “vitales” y más coherentes para expresar musicalmente la excitación, la tranquilidad, el estrés o el reposo. Su voz, con su linealidad melódica, hará lo mismo con elementos expresivos más sutiles. La naturaleza también nos sirve de modelo, como en la recreación musical que hace de ella Monteverdi en su madrigal “Ecco Mormorar L’onde”, imitando el canto de los pájaros o dibujando linealmente los picos de un paisaje montañoso; o como en el caso de “El Mar” de Debussy, una de mis obras orquestales favoritas. En el terreno simbólico, la señal de la cruz es fácilmente recreable con una línea melódica cruzada, como en el “Stabat Mater” de Vivaldi. La asociación del habla con la frase melódica y cómo ambas se rigen casi de la misma manera parece evidente. Apurando un poco la cosa, una pieza musical se desarrolla a lo largo del tiempo igual que la vida de una persona, con su nacimiento o presentación, crecimiento o desarrollo y su muerte o cadencia.

El problema viene cuando no encontramos fácilmente una asociación, o simplemente no la hay. Y sin embargo, la Música funciona, sigue funcionando. Si buscamos un motivo para que la Música naciera, fuera donde fuera y fuese cuando fuese que nació, se nos ocurre pensar en el deseo de expresar con el sonido algo que el lenguaje no llegaba a matizar. O por el contrario era simplemente una herramienta artificiosa para captar la atención y lograr el efectismo necesario para impresionar a los demás humanos en las primeras manifestaciones religiosas, empezando a utilizar la música como elemento que “eleva” a quien la practica sobre los demás, como si estuviese dotada de poderes mágicos. Hasta la fecha.

La utilización de la Música para fines no musicales da para mucho. Desde los padres que desean enseñar a las visitas cómo su hijo toca el piano o se dejan ver en la ópera con sus mejores galas hasta el adolescente que aprende los tres acordes de la balada del momento para intentar mojar el churrito. Dando el paso de quienes tienen un trato más intenso con la música, están los que citan con pelos y señales el número de opus, la tonalidad, la duración y el año de grabación con tal orquesta y con cual director de cualquier obra que se precie, como si de ello dependiera el disfrute y sobre todo la comprensión de la misma. Con los intérpretes pasa lo mismo: están los que se muestran a sí mismos sin preocuparse tanto de la obra o las intenciones del compositor como de hacer un buen papel en el escenario, tanto virtuosístico como de imagen. Y es que en general, para lo bueno y para lo malo, la Música da para mucho. Tenemos Música específica de todos los pueblos, desde todas las épocas y para todos los acontecimientos humanos. Tenemos la posibilidad de un acercamiento a la Música a través de su audición (la más importante en mi opinión), a través de su estudio o lectura, a través de la interpretación, composición, dirección, crítica…

Todos usamos, entendemos y hablamos de Música, pero no creo que nadie haya sido capaz de entender de dónde surge la Música. Quizá sea porque a diferencia de otras artes, la Música se desarrolla en el tiempo, y en su asimilación intervienen a la vez muchos mecanismos, tanto perceptivos como psicológicos, y tiene siempre un carácter perecedero, instantáneo e irrepetible, afectado además por la necesidad del uso de la memoria (no escuchamos de igual manera la misma pieza por segunda vez), dando lugar a un terreno extraño donde la apreciación y valoración varían según muchos factores. De hecho, solemos llevarnos por opiniones generalizadas a la hora de animarnos a escuchar una determinada música. Y a partir de ahí cada uno hace sus preferencias.

En diciembre me invitaron a tocar el violín en una residencia geriátrica en Cádiz. Se trataba de una sorpresa para animar en estas fechas “tan complicadas” a la gente que, voluntaria o involuntariamente, vive allí. También actuó el coro “Amanecer”, que después de mí animó bastante a los ancianos. Intenté preparar un popurrí lo más alegre posible con villancicos populares, sin caer en sentimentalismos que pudieran hacer estragos en personas que realmente deben pasarlo mal en Navidad. A pesar de ello, algunos no pudieron evitar soltar alguna lágrima. No se trataba de que tocara bien o mal, sino de que probablemente recordarían muchas cosas.

Y yo sigo sin entender qué carajo es la Música.

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