Ahí está el tío. Más chulo que un ocho. Ni corto ni perezoso me permito el lujo de incluirme en la lista de compositores que siguen la “línea dinástica real” que inicié con Beethoven y que continuaron Mozart, Shostakovich, Bach… Y es que no tengo abuela. Con un par. Para eso soy yo el que escribe, ¿no?

Pues eso, un par.

Evidentemente no voy a hablar de mi música. Sería un post demasiado corto. Si hay un sitio que ha marcado mi vida desde mi infancia y que ha concentrado multitud de experiencias y recuerdos, ése es sin duda el estanco de mi madre. Al enviudar mi abuela se le concedió el punto de venta en un quiosquito cercano al local actual. Mi madre prosiguió con la tarea de envenenar y timar al público en general, de todo tipo y condición social y económica, en un local que había sido durante años una oficina de la parada de taxis de la plaza de San Antonio.

Mi señora esposa y yo continuamos desde hace tres años con la muy tóxica y legal tarea de servir al Estado en funciones de distribución de documentos oficiales varios, venta de sellos y la consabida labor de recaudar “impuestos voluntarios” a través del tabaco y los juegos activos de la Organización Nacional de Loterías y Apuestas del Estado: Bonoloto, Primitiva, Quiniela, Quinigol, Gordo de Primitiva, Euromillón, Quíntuple Plus y Lototurf.

En mi infancia fui una especie de arquitecto en ciernes, constructor de autopistas, edificios y puentes de distintos tamaños que unían las cajas de tabaco que llenaban el almacén, hechos como podéis suponer a base de cartones de tabaco, a través de los cuales corrían y se precipitaban al vacío coches y los típicos muñecos de plástico de indios y vaqueros, en una especie de gazpacho anacrónico en el que siempre ganaban los malos. Me imagino que era la influencia del tabaco: lo que es malo es malo.

El almacén también servía de refugio para hartarme de llorar cuando las cosas me salían mal, o cuando los malos eran más malos que yo. O cuando mi madre se negó a regalarme una guitarra eléctrica por reyes. Pobre ilusa: le quedaban unas cuantas peticiones más… y por no querer oírme más (siempre he sido un “jartible”; no te preocupes Sr. Saqman, no es sólo percepción tuya), al final cayó. Esa misma guitarra con la que hacíamos tanto ruido los de “N-IV”.

Desde la puerta del estanco se ve la ventana a la que se asomaba la primera niña de la que me enamoré, tres años mayor que yo, y con los ojos más bonitos que había visto hasta entonces. De hecho, cuando la vi por primera vez, me quedé como veinte segundos completamente embobado, hasta que el chaval con el que estaba jugando con un avioncito de papel (hecho con una quiniela de fútbol, por supuesto) me pegó un grito: “¡Eh, que estoy aquí!”. Y es que ya entonces daba buena cuenta de mi archiconocida caraja, aunque la chica lo merecía. En una ocasión llegué a dar cien vueltas en bici a la plaza de San Antonio, contabilizadas, para cruzar miraditas con ella desde su ventana cuando pasaba por debajo de su casa. Ella no se esperó hasta las cien vueltas, las acabé yo solo, más que nada por coraje. Algunos años después le despachaba un Fortuna Light tragando mucha saliva. Yo agachaba la mirada porque ella siempre agujereaba mis ojos con los suyos, como si lanzara rayos láser.

Hablando de ojos bonitos, los más requeterechifladamente bonitos de México, ¡ay, chingaderas!, me llevaron tres años por tierras levantinas para hacerme un hombre (en todos los sentidos), hasta que mi señora madre, con setenta y cinco años, decidió jubilarse, dándonos la oportunidad de volver por tierras gaditanas para seguir con la muy tóxica y legal tarea de etc, etc, etc.

Y aquí estamos…

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